Jaime Viñals, montañista guatemalteco que ha marcado hitos en la región, expone cómo esa habilidad es una poderosa forma de enfrentar los desafíos de un mundo cada vez más interconectado y comunicado.

Por Rocío Ballestero

Fue el primer centroamericano en subir el monte Everest, la cima más alta del planeta, y el único montañista masculino de la región que ha alcanzado las Siete Cumbres, las montañas más altas de cada uno de los siete continentes. Ahora, traduce su experiencia al mundo de los negocios y nos brinda dos apreciaciones únicas sobre las ventajas de fortalecer la habilidad que tenemos para acceder a mayores niveles de adaptación e influir positivamente en la sociedad, al amparo de lo que vivió en una de sus expediciones, al escalar el Monte Cho Oyu (8.201 metros de altitud), en la cordillera de los Himalayas.

  1. En la vida, como en la montaña, solemos encontrar circunstancias que nos obligan a ser resilientes para solventar cualquier situación imprevista que nos pueda afectar. La resiliencia es parte integral de la visión del nuevo liderazgo en el nuevo orden mundial: de lo global a lo regional y a lo local. Implica conocer para resistir y permanecer, adaptarse y no conformarse, prepararse para afrontar la adversidad y recuperarse rápidamente, transformando la realidad que generó la crisis. Empieza por el compromiso propio de ser excelente en el trabajo y con la familia, incluyente y generar confianza. También contempla constituir alianzas estratégicas, estar dispuesto a cambiar paradigmas y ser creativo, innovador y un buen comunicador, además de colaborativo y generoso para ayudar a todo el equipo humano al que nos debemos.
  2. El liderazgo no es una posición, sino acción. Consiste en motivar y empoderar a todos los miembros del equipo en su rol y capacidad para ejecutar y lograr las metas planteadas. Implica prever, improvisar y tener una estrategia flexible y oportuna.

Su relato  

En esa expedición iba con tres personas más. A las cuatro semanas, avanzábamos del campamento III (6.900 metros) hacia el campamento IV (7.600 metros), etapa de abastecimiento de arreos, comida y equipo. Luego de siete horas de escalada (a eso de las 11:00 a.m.) se fue nublado la montaña y nuestro alrededor; súbitamente, empezó una terrible nevada que duraría varios días.

Eso nos obligó a improvisar un campamento para refugiarnos. Como buenos previsores, siempre llevamos una pequeña tienda de campaña de emergencia dentro de la mochila. Casi inconscientemente, sin hablar mucho entre nosotros, la instalamos en cuestión de 10 minutos. Para no hacer larga la historia, nos vimos obligados a permanecer dentro de ella 8 días (las 24 horas diarias), azotados por el ruido ensordecedor del fuerte viento que chocaba en las paredes de la tienda de campaña. Además, como estábamos dentro de un espacio muy pequeño (4 personas adultas en una superficie de 1,5 m2) no teníamos posibilidades de movernos mucho, ni siquiera podíamos salir para hacer nuestras necesidades fisiológicas. En esas precarias condiciones aprendimos sobre resiliencia.

Ante las terribles condiciones climáticas, debíamos mantener la calma, sabiendo que la tormenta debería terminar en algún momento, sabiendo que ese tipo de expediciones son de largo plazo por lo que estas situaciones no deseadas son de esperar, por lo cual llevábamos comida deshidratada suficiente y estufa para derretir hielo y nieve para obtener agua y poder hidratarnos. Nos mentalizamos para no dejarnos vencer y nos apoyamos entre nosotros con palabras de aliento, apelando a la paciencia y la disciplina.

Entendimos que nuestra mayor riqueza era la diversidad, las diferentes cualidades y aptitudes de cada quien, y las pusimos al servicio del grupo, dirigidas a un mismo objetivo: sobrevivir a la tormenta y luego alcanzar la cumbre de esa montaña. Todos fuimos líderes para llegar a la meta.

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