Por: Siglo 21

En los verbosos anuales de la integración latinoamericana, la declaración de Lima de abril de 2011 destaca por su rara combinación de brevedad e impacto. En menos de tres páginas, los presidentes de Chile, Colombia, México y Perú acordaron lanzar la Alianza del Pacífico. Sus objetivos eran promover la “profunda integración” de las economías a través del libre movimiento de productos, servicios, capital y mano de obra, y fortalecer los lazos con el mundo y con la región del Asia-Pacífico en particular.

Los cuatro miembros han actuado rápidamente. En 2013, firmaron un acuerdo para abolir los aranceles sobre 92% del comercio de mercancías, y el resto será liberado para 2020. Han eliminado los requisitos de visas turísticas para los ciudadanos de cada país y han abierto algunas embajadas compartidas en el extranjero. Los mercados accionarios de Chile, Colombia y Perú acordaron formar una bolsa regional llamada MILA, y la bolsa de México se unió en enero.

En su corta vida, la Alianza del Pacífico ha causado sensación, atrayendo como observadores a 34 países que se extienden por seis continentes. Este mes, en el Diálogo de Cartagena, una conferencia en esa ciudad organizada por el Gobierno de Colombia y el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, un grupo de análisis que tiene su base en Londres y varios funcionarios asiáticos instaron a la alianza a admitir a sus países como miembros plenos.

Dos cosas han despertado el interés de los que están fuera. La primera es que los gobiernos miembros comparten el compromiso con los mercados libres, el libre comercio y la democracia. Eso los distingue de los gobiernos más estatistas, proteccionistas y, en algunos casos, autoritarios del grupo comercial Mercosur, que incluye a Argentina, Brasil y Venezuela. Aunque estos tres están en recesión o cerca de ella, las economías de la alianza siguen creciendo, aunque más lentamente que en el pasado.

El segundo atractivo de la alianza es su escala. Comprende a 200 millones de personas, 35% del PIB de Latinoamérica y la mitad de sus exportaciones. Es un segundo Brasil, según señalan a menudo sus promotores. Excepto que no lo es.

UN SEGUNDO BRASIL

La realidad de la Alianza del Pacífico es que sus miembros, separados por enormes distancias y malas comunicaciones, tienen pocos nexos económicos. El comercio dentro del grupo es un porcentaje diminuto y ligeramente declinante del comercio total de sus miembros. Si hay un equivalente latinoamericano de la cadena de suministro manufacturero del este asiático, no radica dentro de la alianza sino en la integración de México con Estados Unidos. Incluso el comercio dentro del bloque del Mercosur es más importante como proporción del total del grupo que el de la alianza, aunque también está cayendo, y, para disgusto de los inversionistas en los cuatro países, la MILA se ha visto limitada por una falta de progreso en la armonización de las reglas.

Los optimistas dicen que apenas ahora la alianza está empezando a desarrollarse.

“Nos estamos descubriendo unos a otros”, dijo el secretario de Relaciones Exteriores de México, José Antonio Meade, señalando un aumento en los acuerdos comerciales y en el turismo entre los cuatro países.

El ministro de Hacienda y Crédito Público de Colombia, Mauricio Cárdenas, ve oportunidades para sus agricultores y manufactureros, ahora que el auge de las materias primas ha terminado y la moneda está más débil.

Los cuatro miembros pudieran ganar además por el trabajo conjunto en inteligencia de mercado y en facilitación comercial; reduciendo el papeleo, por ejemplo. Sin embargo, el mayor potencial de la alianza pudiera radicar en atraer la inversión extranjera, particularmente de Asia, donde los cuatro tienen acuerdos comerciales. En Cartagena, funcionarios de Australia, Japón, Corea del Sur y los países de la Ansea se mostraron especialmente entusiasmados por lazos más estrechos, en algunos casos viendo en la alianza una manera de competir con la creciente influencia de China en Latinoamérica.

CUATRO DISTINTOS

La Alianza del Pacífico parece casi tomada por sorpresa por su propio éxito diplomático. Sus líderes dicen que necesitan resolver lo que quieren de, y lo que pueden ofrecer a, los países observadores. Una afirmación de sus valores políticos compartidos mejoraría la identidad de marca del grupo, ayudando a atraer inversiones. El único signo de esto hasta ahora, sin embargo, es una política conjunta sobre el cambio climático.

La alianza es una respuesta al Mercosur, pero tácita. Sobre este tema, los cuatro no piensan igual. El Gobierno de centro-izquierda de Chile siente afinidad con Brasil, al cual el país exporta más que sus tres compañeros de la alianza combinados. Inspiró recientes reuniones entre los dos bloques para explorar “la convergencia en la diversidad”, en la torpe formulación chilena.

Los funcionarios brasileños señalan que el comercio de su país con Chile, Colombia y Perú será casi totalmente libre para 2019.

“Las visiones no son totalmente contradictorias; pueden ser complementarias”, argumentó Celso Amorim, quien ha sido ministro de relaciones exteriores y para la defensa de Brasil.

Ciertamente. Sin embargo, podría dejar de ser así, si la Alianza del Pacífico respalda a su prometedora marca fortaleciendo su identidad política.

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