El rasgo más evidente de una persona profesional son sus habilidades para tratar con los demás.

Por Estrella Flores Carretero

La profesionalidad de las empresas no tiene nada que ver con el currículum brillante que puedan exhibir los empleados. Consiste en sumar a los conocimientos una serie de habilidades emocionales que son las que hacen que una corporación sea valorada por los empleados, los centros de interés como los proveedores y los clientes.

Las empresas que entienden la profesionalización en un sentido amplio logran un entorno de mayor productividad, concordia y bienestar. Por el contrario, cuando no existe profesionalidad, la imagen de la entidad se resiente, el entorno de trabajo se va crispando, falla la cooperación, los empleados se desmotivan, hay una alta rotación en los puestos y se incrementa el absentismo laboral.

¿Qué es ser un buen profesional? Conocer el propio trabajo no basta. Un buen profesional es alguien cuyo comportamiento hace agradable el entorno en el que se mueve, que logra que las personas quieran colaborar con él, porque es cooperador, amable, no rehúye el esfuerzo, se toma su tarea en serio, genera confianza, es empático, mantiene las formas incluso en los momentos más difíciles y observa siempre una conducta ética y respetuosa.

Formación en habilidades emocionales. El rasgo más evidente de una persona profesional son sus habilidades para tratar con los demás. Los buenos profesionales saben mantener un estilo de comunicación claro y adecuado para cada situación.

Además, mantienen una actitud empática, ofrecen flexibilidad, hacen críticas constructivas, dan refuerzos positivos a las personas, piden lo que quieren con asertividad y nunca con imposiciones, negocian, delegan y confían. Las personas así existen, y podría haber muchas más si las empresas apostaran por la formación de sus equipos en gestión de las emociones.

La imagen también cuenta. Es verdad que nadie debería ser juzgado por su aspecto y que las costumbres se han relajado en cuanto a la formalidad en el vestir, pero hay reglas que no deben transgredirse. Podemos trabajar en casa sin pasar antes por la ducha, pero jamás acudir a la sede de la empresa o a una reunión sin cumplir unos estándares de vestimenta, calzado, peinado y decoro. Nuestra imagen profesional habla no solo de nosotros, sino también de la empresa a la que representamos.

Cuidar la actitud. Victor Hugo decía que «el sentido común no es el resultado de la educación». Hay determinadas actuaciones que todos reconocemos como inapropiadas sin que nadie nos enseñe que son poco profesionales, como la impuntualidad, el desorden a nuestro alrededor y en el escritorio de la pantalla del ordenador, el no responder inmediatamente a los mails, el no devolver las llamadas, el hablar con un tono y un volumen elevados, el confundir el espacio de la oficina con el de casa, el usar el teléfono de la compañía para asuntos personales, el dedicarse a comprar por internet o a jugar en el horario laboral, etc., etc.; la buena educación y las formas son ingredientes esenciales de la profesionalidad.

Tener competencias tecnológicas. Las empresas deben redactar su propio manual del empleado donde quede claro qué se puede hacer y qué no se va a tolerar. Hay que dejar claro que las redes sociales son públicas y que, por tanto, afectan positiva o negativamente a la propia imagen y a la de la corporación. Es necesario saber escribir correos sin faltas de ortografía, evitar enviar mails no deseados, proteger la confidencialidad… Esto es, adquirir el conocimiento suficiente para cumplir con las competencias laborales, pero también con las normas básicas de netiqueta.

Todos estos puntos, además de la capacitación académica, pueden incluirse en la formación que las empresas deben proporcionar si quieren lograr una completa profesionalización de sus empleados. Será, sin duda, su mejor inversión.

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