Por Estrella Flores-Carretero, presidenta del Instituto Europeo de Inteligencias Eficientes (IEIE).
Vivimos tiempos en los que la verdad ya no se impone por su consistencia sino por su repetición. La Inteligencia Artificial ha acelerado este fenómeno, pero no lo ha creado. Solo ha puesto delante de nosotros un espejo más nítido de algo profundamente humano: nuestra tendencia a confundir lo creíble con lo cierto.
Desde la neuropsicología sabemos que el cerebro no está diseñado para buscar la verdad sino para sobrevivir. Percibimos la realidad no como es sino como nos resulta más funcional. El cerebro completa vacíos, anticipa, interpreta, inventa coherencias donde solo hay fragmentos y cuando una narrativa reduce la incertidumbre, aunque sea falsa, el sistema nervioso la adopta como real.
La IA opera en esencia de manera similar porque no “sabe”, predice. No comprende, sino que correlaciona y, lo más inquietante, no es la máquina en sí, sino lo bien que encaja con nuestros propios sesgos cognitivos.
La gran filósofa Hannah Arendt advirtió algo a principios del XX que hoy resulta totalmente actual: “el mayor peligro para una sociedad no es la mentira puntual, sino el momento en el que la distinción entre realidad y ficción deja de importar”. Cuando esto ocurre, no solo se debilita la verdad sino que también se desorienta la conciencia.
Desde la neuropsicología esta advertencia cobra una profundidad aún mayor. El cerebro humano necesita marcos estables para interpretar el mundo. Cuando esos marcos se fragmentan, es decir, cuando todo parece posible, plausible o discutible, se activa un estado de incertidumbre crónica. En ese estado el sistema nervioso busca alivio y no la verdad, por tanto cualquier narrativa que reduzca la ansiedad se aceptada como real.
Arendt también hablaba de la “banalidad del mal” no como ausencia de inteligencia, sino como ausencia de pensamiento. Hoy sabemos que esa ausencia no es solo moral, sino también neurocognitiva ya que pensar requiere energía, tiempo, pausa y corteza prefrontal activa. Sin embargo, cuando vivimos hiperestimulados, saturados de información y urgencias, el cerebro delega y reacciona en lugar de reflexionar. La percepción entonces deja de ser un acto consciente y se convierte en un reflejo condicionado.
Aquí la IA no actúa como enemiga, sino como amplificador. Generar relatos coherentes, imágenes verosímiles y respuestas emocionalmente ajustadas permite dialogar directamente con nuestros circuitos más primarios: la amígdala que teme, el sistema dopaminérgico que busca confirmación y el sesgo de familiaridad que confunde repetición con certeza. Arendt lo intuyó sin resonancias magnéticas ni neurociencia cognitiva, afirmando que “cuando las personas dejan de pensar por sí mismas se vuelven habitables por cualquier relato”.
Desde la percepción esto significa algo profundamente delicado, el cerebro puede llegar a aceptar como real aquello que simplemente es consistente, no necesita que sea verdadero, solo que sea coherente y emocionalmente tranquilizador. Así lo inexistente adquiere el estatuto de realidad.
Pensar, para la filósofa Hannah, era un acto de resistencia, pero desde la neuropsicología hoy sabemos que también es un acto de regulación emocional. Pensar detiene la reacción automática, enfría la respuesta límbica y devuelve a la conciencia la capacidad de elegir.
Tal vez por eso, en tiempos de inteligencia artificial, la reflexión de Arendt no pierde vigencia. La tecnología puede fabricar realidades, pero solo un ser humano que renuncia a pensar las convierte en verdad. El desafío no es que la IA piense como nosotros. El verdadero riesgo es que nosotros dejemos de hacerlo.

