Las emociones son buenas porque nos ayudan a adaptarnos. las traemos de serie, pero tenemos que aprender a administrarlas.

POR Estrella Flores-Carretero, neuropsicóloga, presidenta de Instituto Europeo de Inteligencias Eficientes y directiva de Cala Enterprises.

Un virus ha dado la vuelta a nuestras vidas. Muchas personas han padecido la enfermedad, otras la han sufrido en su entorno y hay quienes han perdido a alguien próximo o se han quedado sin trabajo. También están los que ya no soportan más cumplir con un montón de tareas laborales de forma telemática a la vez que cuidan de sus hijos o sus mayores… Todo esto puede generar una profunda ira, una emoción intensa que es muy importante saber gestionar.

Surge cuando nos sentimos amenazados, cuando creemos ser objeto de una injusticia, cuando nos humillan, nos frustran o nos hacen daño. Es una emoción legítima que nos prepara para la defensa, que debe ser bien articulada.

Es común que los niños sufran rabietas, accesos de violencia, arrebatos de furia… Son situaciones normales que hay que enseñarles a manejar para que puedan afrontarlas de la manera adecuada.

En el caso de los adultos, inhibir el sentimiento por miedo a perder el trabajo o porque hemos aprendido que es feo enfadarse no es lo mejor. Tampoco perder el control y decir todo lo que pensamos, culpar a quien responsabilizamos de nuestros sentimientos y descargar en él —o en quien nos quede más a mano— nuestro malestar. La respuesta saludable es hacer una buena gestión de la furia, de manera que la emoción no nos dañe a nosotros mismos, ni perjudique a otros.

Lo decía Mark Twain: “La rabia es un ácido que puede hacer más daño en el recipiente en el que se almacena que en cualquier otra cosa en la que se vierta”.

¿Cómo pueden contribuir las corporaciones al bienestar emocional de sus equipos?

El apoyo de líderes bien entrenados en la gestión de las emociones es clave, pero siempre hay que:

  1. 1  Analizar la causa. Determinar qué provoca nuestra rabia. Una acción o inacción de otro, sus palabras o gestos, alguna frustración, un agravio comparativo, el propio hastío, la impotencia… O quizá sea un cúmulo de problemas que han hecho rebosar el vaso de nuestra tolerancia. Seamos honestos con nosotros mismos y analicemos qué nos hace daño y por qué nos afecta especialmente.
  2. 2  Determinar la importancia y percepción de lo ocurrido. Relativizar y ver si realmente es grave lo ocurrido. Exponer la situación a otros, dentro o fuera del ámbito laboral, nos ayudará a aclarar los sentimientos y nos permitirá incorporar visiones ajenas a la nuestra, tal vez más objetivas.
  3. 3  Canalizar la situación. La rabia no gestionada puede acabar en rencor, un sentimiento perjudicial a nivel psicológico y asociado también a graves problemas de salud, como los cardiovasculares.

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