Un líder siempre va acompañado; un caudillo va solo. Los líderes buscan consensos; los caudillos no los aceptan. Estas y otras son las diferencias.

Por Mundo Ejecutivo

Cuando un equipo no logra los objetivos propuestos o no se pone de acuerdo y al final no da los resultados esperados, siempre existe el recurso de la evasión.

Y para ello existe una frase recurrente en empresas, cursos de ventas, dinámicas de grupo, entre otros; y no sólo es la excusa perfecta, también es un levantón ingenuo para el ego de todos los “non performers” que encontraron dificultades para entregar cuentas: “es que había demasiados líderes en el equipo”.

Además de pedante, la declaración es absolutamente errónea. Cuando un grupo no alcanza los objetivos porque cada quien quiere que se haga su voluntad, no se está en un conjunto pleno de líderes, sino en uno lleno de caudillos.

¿Cuál es la diferencia?

Un líder siempre va acompañado; un caudillo va solo. Los líderes buscan consensos; los caudillos no los aceptan, creen tener la verdad absoluta. Los líderes saben delegar y entienden que en un grupo de iguales a veces habrá que seguir y a veces habrá que tomar la iniciativa. Los líderes saben vivir con el hecho de que algunas veces alguien tiene más o mejores habilidades que él. Un caudillo es el dios de sí mismo y le resulta imposible y “débil” el ceder el poder.

Los líderes buscan el bien y el éxito del grupo. Si esto requiere ser multifuncional, remangarse la camisa y hacer el trabajo duro, poner el ejemplo, ceder, dirigir, hablar, callar y ser parte del equipo, lo harán sin pensarlo dos veces. El caudillo busca su éxito personal, así sea desacreditando a su propio equipo, peleando, discutiendo, gritando y, si es necesario, imponiendo su voluntad sin consideración.

El líder se enfoca en lo importante; el caudillo prefiere no llegar si esto implica tener que dejar sus posiciones, soltar un poco el poder, ceder. Al líder lo mueve el ansia de triunfo y de logro; al caudillo, sus mejores amigos: el orgullo y el ego.

Al líder se le sigue porque predica con el ejemplo, porque es admirado, respetado y cuidado por los miembros del equipo. Se ha ganado a pulso el puesto y el grupo lo reconoce. Al  caudillo  se le sigue por miedo, ignorancia, dinero, “una torta y un refresco” y porque, en algún momento, alguno de sus “seguidores” piensa traicionarlo y convertirse en el nuevo caudillo del grupo.

Un grupo no falla porque “haya muchos líderes en el equipo”. Si se reúne a un grupo de ellos definirán roles y funciones, alcances de su influencia, cadenas de mando y responsables de los temas importantes para el buen funcionamiento del equipo. Habrá consensos, discusiones inteligentes, franqueza y, sobre todo, lealtad absoluta a los intereses del grupo. Así pues, un grupo de líderes normalmente llegará a su objetivo porque sabe las reglas del éxito y del trabajo en equipo y las respeta.

Un grupo de caudillos terminará, en el mejor de los casos, en un zafarrancho de tercera categoría, sin lograr las metas, con rupturas internas irreconciliables y, eso sí, todos pensando que tenían la razón y que el resto son necios a los que no les gusta ganar.

Todos llevamos dentro a un líder y a un caudillo que luchan por coexistir. Está en nosotros decidir cuál vamos a sacar a relucir. Y si nuestro líder interno es de verdad, en algún momento vencerá a nuestro caudillo interno. Necesitamos líderes reales en las organizaciones y los equipos; ni qué decir en nuestros países. No necesitamos más locos en el poder, ni más dioses corporativos en los negocios.

Crisis económicas, fraudes corporativos y guerras entre países nos hablan de administradores caudillos; ha llegado el momento de reemplazarlos.

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