Un pionero guatemalteco en la siembra de macadamia demuestra que la inversión en responsabilidad social es rentable para todos.

Por Revista Summa

Gustavo Alejos caminaba un día por su finca La Damieta, sembrada casi en su totalidad de café, y vio en ella los árboles de macadamia que por curiosidad había sembrado unos años antes. Al darse cuenta del potencial que este tipo de nuez tenía en el país decidió eliminar el café y dedicarse casi por completo al nuevo cultivo.

Hoy, 20 años después, ha sembrado más de 400.000 árboles de macadamia en el país, en fincas propias, familiares y con sus socios, principalmente en la zona del oriente de Guatemala, conocida por la poca fertilidad de la tierra. Esto ha traído trabajo y desarrollo a una zona muy olvidada por las empresas agroindustriales.

La producción es exportada casi en su totalidad a China, donde la macadamia de Guatemala ha sido muy bien acogida y ha permitido que el negocio crezca en forma constante.

Esto es solo el principio

Alejos planea seguir invirtiendo en el cultivo, dado que la macadamia aún no llega siquiera a ser el 2% del mercado mundial de nueces y frutos secos, y dar el salto a la fabricación de productos con valor agregado.

“Hay mucho espacio para crecer en este negocio. Aunque en estos momentos, por la pandemia y la entrada a producción de nuevos países como China, el precio de la macadamia ha disminuido en los mercados internacionales, acelerados cambios en los hábitos de vida y alimenticios de la gente están abriendo otras puertas. En Estados Unidos, por ejemplo, aumentó el consumo de leche de macadamia y otros productos derivados. Los guatemaltecos necesitamos invertir más en producir productos finales en vez de solo exportar materia prima, que es lo que hace la mayoría. Ya hay varios casos de éxito en el sector agroindustrial”, menciona convencido Alejos.

Foco en la RSE

De la mano con el inicio de la siembra de la nuez, Alejos también decidió inculcar en la comunidad el deseo de aprender y crecer. En los pueblos de Colomba Costa Cuca y la Aldea El Chuva, en Quetzaltenango, el empresario impulsa proyectos de educación y bienestar social, en coordinación con los municipios y líderes locales.

“La responsabilidad social tiene que dejar de ser un concepto bonito en los libros y empezar a implementarse de manera integral en área agrícolas, como un compromiso de todos, no solo de los empresarios. En nuestro caso, hemos invertido en levantar y aprovisionar escuelas, centros de salud y áreas deportivas, mientras que la comunidad se responsabiliza de enviar a sus hijos y de trabajar para que todos crezcamos”, detalla.

El éxito no se dejó esperar. Más de 100 familias se están viendo directamente beneficiadas y los niños de la zona tienen acceso a útiles escolares, comida, centros de estudio, medicamentos y atención médica. Además, cuentan con electricidad. Amigos de los socios de las fincas también apoyan algunas de las iniciativas.

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