ENTREVISTA DE PORTADA
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El mundo en el 2007 - Amèrica Latina - El sueño latinoamericano
Febrero 5, 2007, 21:40


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A veces parece que la ola de optimismo que rodeó la llamada “tercera ola” de reformas democráticas en América Latina ha desaparecido. Si hace una década América Latina parecía entrar en una nueva era de crecimiento económico y gobernabilidad democrática, hoy la prensa de Europa o Estados Unidos pone el foco en las crisis económicas y el surgimiento de una “nueva izquierda” en la región.
Esta descripción es injusta e inexacta, pero cambiarla es tarea de nosotros: los latinoamericanos y los líderes políticos. Y podremos hacerlo si retomamos dos desafíos que aún tenemos pendientes: la justicia social y la integración regional.

Ocupémonos, primero, de los malos entendidos. El 2006 fue un año ejemplar para la democracia en América Latina. Las diez elecciones presidenciales que han tenido lugar muestran la voluntad de los ciudadanos de la región para consolidar las instituciones democráticas. Las economías regionales siguen creciendo, exhiben superávit comerciales y reducen las tasas de pobreza.

Sin embargo, las democracias estables necesitan centrarse no sólo en las instituciones formales, sino también en la calidad de la política. Las encuestas de opinión muestran tasas de aprobación preocupantemente bajas de ciertas instituciones vitales para una democracia vigorosa, como los parlamentos, partidos políticos y el poder judicial. Políticos e instituciones a menudo cargan con bajísimos niveles de legitimidad.
Pero hay también señales positivas. Aun las elecciones más reñidas no han perturbado el desarrollo fundamental de las instituciones democráticas, las cuales continúan funcionando en la mayor parte de la región. Hemos presenciado algunos hechos simbólicos de gran importancia en los últimos años. Cuatro años atrás, Brasil eligió como presidente a un líder obrero. Hace un año, Bolivia eligió a un presidente de origen indígena, marcando un importante hito para ese país y para la región. Y, modestia aparte, la elección de la primera mujer presidenta de Chile es también un gran avance para mi país.

Junto a ello, los gobiernos de los presidentes Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner y Evo Morales han llevado a algunos observadores a hacer notar el surgimiento de una “nueva izquierda” en América Latina. Dejando de lado el debate sobre qué es ser de “izquierda” (o más bien, qué entenderíamos por “nueva izquierda”), lo cierto es que la elección de estos gobernantes expresa la frustración de la ciudadanía ante diversas fórmulas que no han sido capaces de mejorar las condiciones de vida de las mayorías.

Mi propio país a menudo ha sido atraído por modelos de desarrollo, de distinto signo, que promueven igualdad o crecimiento, o ambos. Sin embargo, al defender dichos modelos abstractos muchas veces hemos perdido de vista el objetivo principal: que nuestras políticas generen resultados positivos para nuestra gente.

La izquierda de hoy promueve la justicia social y el crecimiento. Nuestro trabajo es asegurar que el programa económico esté al servicio de la gente, y no de otro modo. Las opciones que tomamos en el diseño de políticas públicas no pueden ignorar que América Latina soporta los niveles más altos de desigualdad en el mundo. Pero, al mismo tiempo, hemos aprendido que la igualdad no llega de un día para otro; debemos crear las condiciones para alcanzarla. Hay quienes hablan de “nivelar el campo de juego”, pero debemos también asegurar que quienes deseen entrar en dicho campo tengan la oportunidad de hacerlo y, una vez ahí, que tengan las habilidades necesarias para competir. Esta es la igualdad que buscamos, y aquí en áreas como educación, salud y acceso a nuevas tecnologías nuestros gobiernos tienen un importante rol que jugar.

Conectando el continente
Los planes de integración regional han quedado frecuentemente empantanados en una retórica especiosa y en metas que, aunque bienintencionadas, terminan siendo en última instancia irrealizables. Una vez más, lo que tenemos que hacer es abordar primero las tareas más básicas y difíciles, que luego darán paso a metas más ambiciosas. La integración de América Latina no se logrará de la noche a la mañana, pero es un objetivo ineludible. El comercio regional y mundial no es un juego de suma cero: los acuerdos bilaterales y multilaterales pueden construirse simultáneamente, y podemos reforzar los vínculos regionales mientras aseguramos nuestra presencia en la economía global.
Chile sigue explorando nuevos mercados y firmando tratados de libre comercio con socios como China, pero también acepta la invitación de la Comunidad Andina para convertirse en miembro asociado. La convergencia entre el Mercosur y las restantes economías suramericanas puede ser fuente de gran dinamismo. El objetivo no será mejorar sólo el comercio intrarregional, sino también modernizar la infraestructura necesaria para la integración física, conectar las costas del Pacífico y el  Atlántico e incrementar el comercio de la región con el Asia Pacífico, Europa, América del Norte y el resto del mundo.

Del pasado hemos aprendido que la fuerza se encuentra en la unidad. Por eso la integración es tan vital para la región, compuesta íntegramente por poderes pequeños y medianos. Del presente hemos aprendido que los sueños son importantes, pero que el pragmatismo no es vicio si su objetivo es ayudar a que las personas vivan vidas más sanas y felices. Esto puede parecer una trivialidad, pero no lo es. Los fundadores de nuestras repúblicas, los libertadores, compartían estos mismos sentimientos y sabían que no puede haber libertad sin democracia ni democracia sin unidad. En vísperas del bicentenario de la independencia de la mayoría de nuestros países, incluido Chile, tenemos en nuestras mentes y en nuestros corazones ese sueño latinoamericano, frustrado hasta hoy, pero perfectamente alcanzable.´

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