A
veces parece que la ola de optimismo que rodeó la llamada “tercera ola”
de reformas democráticas en América Latina ha desaparecido. Si hace una
década América Latina parecía entrar en una nueva era de crecimiento
económico y gobernabilidad democrática, hoy la prensa de Europa o
Estados Unidos pone el foco en las crisis económicas y el surgimiento
de una “nueva izquierda” en la región. Esta descripción es injusta
e inexacta, pero cambiarla es tarea de nosotros: los latinoamericanos y
los líderes políticos. Y podremos hacerlo si retomamos dos desafíos que
aún tenemos pendientes: la justicia social y la integración regional.
Ocupémonos,
primero, de los malos entendidos. El 2006 fue un año ejemplar para la
democracia en América Latina. Las diez elecciones presidenciales que
han tenido lugar muestran la voluntad de los ciudadanos de la región
para consolidar las instituciones democráticas. Las economías
regionales siguen creciendo, exhiben superávit comerciales y reducen
las tasas de pobreza.
Sin embargo, las democracias estables
necesitan centrarse no sólo en las instituciones formales, sino también
en la calidad de la política. Las encuestas de opinión muestran tasas
de aprobación preocupantemente bajas de ciertas instituciones vitales
para una democracia vigorosa, como los parlamentos, partidos políticos
y el poder judicial. Políticos e instituciones a menudo cargan con
bajísimos niveles de legitimidad. Pero hay también señales
positivas. Aun las elecciones más reñidas no han perturbado el
desarrollo fundamental de las instituciones democráticas, las cuales
continúan funcionando en la mayor parte de la región. Hemos presenciado
algunos hechos simbólicos de gran importancia en los últimos años.
Cuatro años atrás, Brasil eligió como presidente a un líder obrero.
Hace un año, Bolivia eligió a un presidente de origen indígena,
marcando un importante hito para ese país y para la región. Y, modestia
aparte, la elección de la primera mujer presidenta de Chile es también
un gran avance para mi país.
Junto a ello, los gobiernos de los
presidentes Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner y
Evo Morales han llevado a algunos observadores a hacer notar el
surgimiento de una “nueva izquierda” en América Latina. Dejando de lado
el debate sobre qué es ser de “izquierda” (o más bien, qué
entenderíamos por “nueva izquierda”), lo cierto es que la elección de
estos gobernantes expresa la frustración de la ciudadanía ante diversas
fórmulas que no han sido capaces de mejorar las condiciones de vida de
las mayorías.
Mi propio país a menudo ha sido atraído por
modelos de desarrollo, de distinto signo, que promueven igualdad o
crecimiento, o ambos. Sin embargo, al defender dichos modelos
abstractos muchas veces hemos perdido de vista el objetivo principal:
que nuestras políticas generen resultados positivos para nuestra gente.
La
izquierda de hoy promueve la justicia social y el crecimiento. Nuestro
trabajo es asegurar que el programa económico esté al servicio de la
gente, y no de otro modo. Las opciones que tomamos en el diseño de
políticas públicas no pueden ignorar que América Latina soporta los
niveles más altos de desigualdad en el mundo. Pero, al mismo tiempo,
hemos aprendido que la igualdad no llega de un día para otro; debemos
crear las condiciones para alcanzarla. Hay quienes hablan de “nivelar
el campo de juego”, pero debemos también asegurar que quienes deseen
entrar en dicho campo tengan la oportunidad de hacerlo y, una vez ahí,
que tengan las habilidades necesarias para competir. Esta es la
igualdad que buscamos, y aquí en áreas como educación, salud y acceso a
nuevas tecnologías nuestros gobiernos tienen un importante rol que
jugar.
Conectando el continente Los
planes de integración regional han quedado frecuentemente empantanados
en una retórica especiosa y en metas que, aunque bienintencionadas,
terminan siendo en última instancia irrealizables. Una vez más, lo que
tenemos que hacer es abordar primero las tareas más básicas y
difíciles, que luego darán paso a metas más ambiciosas. La integración
de América Latina no se logrará de la noche a la mañana, pero es un
objetivo ineludible. El comercio regional y mundial no es un juego de
suma cero: los acuerdos bilaterales y multilaterales pueden construirse
simultáneamente, y podemos reforzar los vínculos regionales mientras
aseguramos nuestra presencia en la economía global. Chile sigue
explorando nuevos mercados y firmando tratados de libre comercio con
socios como China, pero también acepta la invitación de la Comunidad
Andina para convertirse en miembro asociado. La convergencia entre el
Mercosur y las restantes economías suramericanas puede ser fuente de
gran dinamismo. El objetivo no será mejorar sólo el comercio
intrarregional, sino también modernizar la infraestructura necesaria
para la integración física, conectar las costas del Pacífico y el
Atlántico e incrementar el comercio de la región con el Asia Pacífico,
Europa, América del Norte y el resto del mundo.
Del pasado hemos
aprendido que la fuerza se encuentra en la unidad. Por eso la
integración es tan vital para la región, compuesta íntegramente por
poderes pequeños y medianos. Del presente hemos aprendido que los
sueños son importantes, pero que el pragmatismo no es vicio si su
objetivo es ayudar a que las personas vivan vidas más sanas y felices.
Esto puede parecer una trivialidad, pero no lo es. Los fundadores de
nuestras repúblicas, los libertadores, compartían estos mismos
sentimientos y sabían que no puede haber libertad sin democracia ni
democracia sin unidad. En vísperas del bicentenario de la independencia
de la mayoría de nuestros países, incluido Chile, tenemos en nuestras
mentes y en nuestros corazones ese sueño latinoamericano, frustrado
hasta hoy, pero perfectamente alcanzable.´
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