Un pueblo que piensa en grande

28 julio, 2010
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Un pueblo que piensa en grande

Para describir a China hay que utilizar términos que expresen grandeza. No estoy exagerando; quizá sea mi punto de vista por ser de una región pequeña, pero en este país asiático todo está hecho a lo grande.

Su capital, Beijing, es una agradable fusión entre el pasado de un gran imperio con una ciudad que avanza rápidamente hacia el futuro. Contrario a otras urbes chinas como Shanghai u Hong Kong, esta ciudad aún mantiene ese aroma chino que evoca la cultura milenaria del Lejano Oriente.

Su historia se remonta al año 1000 a.C. y durante muchos siglos simplemente era un grupo de pequeñas aldeas disputadas por las grandes dinastías, pero fue apenas en 1215 cuando la ciudad recibió el título de Gran Capital por la dinastía Yuan. A partir de ese momento la ciudad cobró gran importancia.

Hoy, con más de 17 millones de habitantes, conserva poco de su pasado imperial, en parte consecuencia de más de medio siglo de gobierno comunista. Afortunamente para los anales de la historia y para los turistas, se han conservado los más importantes vestigios de la historia imperial.

Un destino obligado: la Gran Muralla

Esta colosal infraestructura es una antigua fortificación china construida entre los siglos 5 a.C. y 16 para proteger la frontera norte del imperio de los ataques de las tribus nómadas.

Con casi 9.000 kilómetros de largo, sólo el 30% se conserva en buen estado y, por suerte, uno de los tramos más hermosos y mejor conservados está a poco más de una hora del centro de Beijing. Joseph Wang, nuestro guía, nos explica que este sector fue construido hace más de quinientos años durante la dinastía Ming. Esta sección tiene una construcción más fuerte y más elaborada, debido al uso de ladrillos y piedra en lugar de tierra, lo que ha permitido preservar la mayoría de la estructura.

Para ingresar a la sección Ming, un restaurante Subway (fruto de la globalización y el turismo) da la bienvenida a una callejuela llena de puestos en donde venden desde camisetas hasta artesanía tradicional. Luego de un rato regateando con los comerciantes y sus atractivas ofertas, encontramos el edificio de entrada para luego ascender hacia la Gran Muralla mediante dos rutas: una caminando y la otra en un agradable y cómodo teleférico. Obviamente la segunda opción fue la que tomamos, porque no era muy agradable subir una empinada montaña bajo un calor de más de 30 ºC.

Una vez que llegamos a la muralla, es sobrecogedor contemplar una de las grandes maravillas que el ser humano ha construido. La voz de Joseph me sacó del breve momento de contemplación, cuando nuevamente nos comentó algunas características de esta sección. Entre lo más destacable es que tiene un ancho de hasta cinco metros y una altura de siete metros, aunque en otras secciones un poco más alejadas no pasa de los dos metros de alto.

La muralla, que serpentea sobre las empinadas colinas, está dividida por varias torres de vigilancia. La parte abierta al público puede tener cerca de un kilómetro de longitud, por lo que decidí recorrerla con tranquilidad. Lo que no imaginé es que casi una tercera parte de ese kilómetro son empinados escalones que realmente pusieron a prueba mi resistencia y mis horas dedicadas al atletismo y el spinning.

Una vez superada la prueba, el regreso al centro de Beijing significaba el merecido descanso, al menos por un rato, porque nos esperaba otro tesoro de la humanidad: la Ciudad Prohibida.

La ciudad del emperador

Que el nombre no engañe, la Ciudad Prohibida no tiene relación con comportamientos cuestionables, se trata de lo que fue el palacio imperial así como sede del gobierno chino hasta 1911. Construida hace más de cinco siglos por la dinastía Ming, se ubica en el centro de Beijing. Actualmente ocupa setenta hectáreas, tiene ochocientos edificios con más de 9.000 habitaciones. Es la mayor colección de estructuras antiguas de madera que se conservan en el mundo.

Además de lo histórico del lugar, es impresionante la gran cantidad de visitantes que tiene dicho conjunto de edificios. Lo más interesante es que la gran mayoría de los turistas son chinos, resultado de la fuerte política del gobierno que impulsa el turismo nacional.

Una vez dentro del complejo, es imposible no transportarse en el tiempo y sentir en carne propia que desde este lugar se manejaba uno de los imperios más grandes que ha tenido la humanidad.

Manteniendo las diferencias culturales, podemos decir que el Palacio Imperial era un inmenso harén donde no estaba permitida la permanencia de otros hombres además del emperador (de allí el nombre de Ciudad Prohibida). En el enorme complejo sólo habitaban su esposa, su madre, sus hijas e hijos menores de edad, así como decenas de concubinas provenientes de las mejores familias de la ciudad.

Si bien la ciudad está abierta al público, es importante tener en cuenta que el interior de los edificios está cerrado. La medida es necesaria porque se resguardan muebles con siglos de antigüedad y, según nos asegura Joseph, son los mismos que usaron los emperadores.

Al frente de lo que fue el Palacio Imperial está la reconocida Plaza Tiananmen (la más grande del mundo, con un área total de 440.000 metros cuadrados), que fue construida dentro del plan urbanístico de la capital, convirtiéndose en símbolo de la nueva China. Con su construcción se pretendió crear una gran explanada en la que se pudieran desarrollar masivos actos de adhesión política, pero también ha sido escenario de protestas populares, como la ocurrida en 1989.

Está rodeado por la Asamblea Nacional (Congreso), el Museo Nacional, la Presidencia y el mausoleo de Mao Tse-Tung. Precisamente, es aquí en donde recordé que estaba en un país que oficialmente se declara socialista (comunista), aunque su avanzada y moderna infraestructura casi me hacen olvidarlo.

Una vez finalizada la estancia en la mítica Ciudad Prohibida, Joseph nos lleva a otro de los destinos en la capital china: el Mercado de la Seda. Su nombre también es engañoso, no se trata de lo que aquí en América Central consideramos como mercado. Allí nos encontramos un inmenso edificio de al menos cinco pisos, repleto de tiendas con todos los productos que un consumidor pueda imaginar.

Desconozco si en China se respetan los derechos de autor, pero en este mercado no parece que existan. Todas las marcas de lujo de ropa, zapatos, relojes, anteojos y carteras tienen alguna representación aquí. Oficialmente los vendedores no dicen que se trata de copias, bien convencidos explican que se trata de las marcas originales. Las fuentes confiables me indicaron que no se puede comprar con el precio inicial, sino que con una buena estrategia de regateo se puede lograr hasta una quinta parte del precio original. Mi fuente no se equivocaba”¦ camisas o anteojos “de marca” pueden salir hasta en us$10. Eso sí, la compra de cada artículo puede llevar hasta veinte minutos o media hora.

El punto que me llamó más la atención es el dominio de los idiomas de las vendedoras (la mayoría son mujeres). Si en la calle es necesario llevar el nombre de las direcciones escrito en mandarín, en este mercado pasa todo lo contrario. Con un fluido inglés y hasta con palabras en español, las vendedoras no permiten que uno salga de las tiendas sin algún artículo. En las discusiones no faltan las frases como “tienes euros, tú loco y tacaño”, que lejos de molestarme, dibujaron alguna que otra sonrisa en mi rostro e indudablemente me indican que el comercio es el origen de la cultura y la globalización.

Llega la noche y es momento de regresar al hotel. Ni una larga jornada de trabajo podría ser tan extenuante como un día entero recorriendo los principales atractivos turísticos de la capital china. La cantidad de turistas y ejecutivos que transitan en el vestíbulo del hotel son una muestra de que los tiempos están cambiando. China ya no forma parte de una mítica leyenda”¦ forma parte de la realidad global.
www.revistasumma.com

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